viernes, 4 de noviembre de 2011

Sor Suplicio. Parte II

Ilustración: Milo Manara


El Padre Maximino se había iniciado en el sacerdocio como sacerdote diocesano, pero posteriormente, una vez corrompida su vocación e interesado por los métodos de control psicológico de “la obra”, se incorporó a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz del Opus Dei, y fue asignado a la formación espiritual de las novicias del convento del Cristo de la Misericordia, entre otros.

Cuando conoció a Purita, quedó inmediatamente prendado de su juventud y belleza, sus delicadas formas, y principalmente, de su candor y piedad, y se entregó con deleite a la dirección espiritual de la niña, por cierto muy dispuesta al aprendizaje de su devoción con la que obtenía tantos placeres asociados. Cuando la niña cumplió 14 años, fue adiestrada convenientemente en la mortificación corporal, obligada a portar cilicio durante dos horas al día, y a dormir sobre una tabla sin almohadas ni colchones durante cinco de cada siete noches.

Semanalmente, el Padre Maximino, durante las visitas al convento, preguntaba a Purita sobre los resultados y sus sentimientos más íntimos durante sus penitencias. Purita, habituada a la autocomplacencia durante sus mortificaciones, explicaba arrebolada cómo alcanzaba el éxtasis en su entrega a su Señor Cristo de la Misericordia y cómo alcanzaba la gloria, con tal inocencia, que era imposible no conmoverse ante las explicaciones de la niña. Afortunadamente, la sotana que vestía el Pater en sus visitas al convento ocultaba convenientemente la dureza de sus erecciones a la vista de la pequeña novicia entregada a sus confesiones más íntimas con tanta unción.

Con el tiempo, el Padre Maximino dejó de conformarse con los relatos candorosos de su pupila, y adoptó la costumbre de revisar el cilicio de la niña y el daño producido en su tierna carne. Acercaba sus labios a las heridas y las besaba con suavidad, hablándole de la felicidad que producía en Cristo su entrega. Pronto introdujo, como refuerzo, sesiones de flagelación con las disciplinas en las blancas nalgas de la novicia, que ésta exhibía arremangándose los hábitos con azorado pudor a la vista y alcance de su director espiritual. Durante estas penitencias, Purita se entregaba a sus oraciones y jaculatorias bajo la estricta dirección de su Maestro, que aplicaba correcciones adicionales si se equivocaba durante los rezos, o si emitía alguna queja sobre la duración y la fuerza de la disciplina. Las nalgas pronto quedaban calientes y enrojecidas, produciendo convulsiones de placer en la postulanta que asociaba al éxtasis místico, viéndose a sí misma como una Santa Teresa entregada al gran amor de dios, tal como describía la Santa en las obras que le proporcionaba el Pater para su formación.

Durante las cenas en el refectorio o durante los paseos por el claustro con las demás Hermanas, Purita describía (sin dar detalles de los métodos empleados) sus éxtasis y sus visiones divinas, por lo que pronto, entre las Hermanas menos envidiosas, se empezó a considerar a la niña como tocada por la gracia divina y llamada a la beatitud y la santidad.

Así, entregada a estas rutinas, transcurrió el tiempo necesario para alcanzar su mayoría de edad y poder, finalmente, realizar los votos conventuales que la convertirían en Sor Suplicio y la consagraría definitivamente en el servicio a su Señor para el resto de sus días. Y todo esto, bajo la benevolencia y atenta mirada de su director espiritual, Padre Maximino, que continuaría siendo su mentor.

1 comentario:

  1. Increíble, amiga.
    Leerlo deja una mórbida sensación...
    Es fuerte, muy fuerte!

    Abrazos salinos con rumor de olas...

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