martes, 1 de noviembre de 2011

Sor Suplicio. Parte I

Ilustración: Milo Manara


                              “El sufrir es una gracia grande;
                              a través del sufrimiento el alma
                              se hace como la del Salvador;
                              en el sufrimiento el amor se
                              cristaliza, mientras más grande el
                              sufrimiento, más puro el amor” 

                              Santa Faustina Kowalska



Se llamaba María Purificación Álvarez Hernández, Purita para la familia y amigos, pero cuando ingreso en la orden adoptó el sobrenombre de “Sor Suplicio". No se la conoció como “Sor Suplico de la Cruz” hasta su posterior beatificación muchos años más tarde.

La infancia de Purita no fue fácil. A la edad de cinco años su padre, un empresario naviero arruinado tras una operación fallida, se quitó la vida colgándose de una viga en el dormitorio de su casa. Su madre, enloquecida y sin posibles, adoptó un luto riguroso y se entregó a la religión y a la caridad (a recibirla), al ser abandonada por los miembros de su familia política, que la hicieron responsable del oprobio. Debido a la imposibilidad de su madre de hacerse cargo, y temiendo que la locura fuera un trastorno genético, se confió la educación de la niña a las monjas del Cristo de la Misericordia, en cuyo convento fue ingresada en calidad de educanda y sirvienta.

Lejos de maldecir su destino, Purita descubrió en la servidumbre de la religión una fuente de gozos insospechados y desconocidos hasta entonces. Sus funciones se limitaban a la ayuda en el huerto y la cocina, la asistencia a los oficios, pero especialmente al estudio y oración bajo la supervisión del sacerdote oficiante, el Padre Maximino, que viendo su potencial la acogió como pupila preferente dispensándola de mayores servidumbres.

Bajo la guía del Padre Maximino, Purita se entregó con fruición, en la soledad de su celda, a las lecturas de la biblia y de la vida de los santos y mártires de la iglesia y sus padecimientos: Santa Agatha de Sicilia, que fue torturada cortándole los senos, Santa Agnés de Roma, que fue desnudada en público, arrastrada por las calles y llevada a un prostíbulo para ser desflorada antes de su ejecución (ya que el derecho romano no permitía la ejecución de las vírgenes), y sobre todo, admiraba al hermoso San Sebastián, que fue desnudado, atado a un poste, aseteado, y finalmente, una vez sanado de sus heridas, azotado hasta la muerte.


" San Sebastián", Gerrit van Honthorst (1623)


Purita, aún una niña por entonces, se trasformaba ante estas lecturas, se le aceleraba el ritmo cardíaco, alteraba la respiración, y notaba una humedad y un cosquilleo en su sexo que aún no explicaba, pero veía que manipulándolo podía alcanzar un estado que ella asoció al de “Gracia Espiritual”, a tenor de las explicaciones de las demás Hermanas sobre la felicidad y el placer de la consagración a dios. 

Así fue como desde tan temprana edad, Purita decidió entregar su vida a la religión y a la complacencia del Señor de la Misericordia, patrón del convento, alimentando sus fantasías de convertirse en una mártir moderna y aceptar todos los suplicios que le estuvieran destinados por amor a su Dueño y Señor. Se imaginaba a sí misma aceptando estoicamente la humillación pública y los castigos más terribles y excitantes que podía imaginar, siendo atada y azotada hasta alcanzar el éxtasis de la entrega absoluta, que suponía muy superior a todos los placeres que era capaz de alcanzar ahora con sus dedos y su imaginación.

Cuando finalmente al cumplir los 18 tomó los hábitos que confirmaban su sumisión, no por azar adoptó el sobrenombre de Sor Suplicio, muy celebrado particularmente por el Padre Maximino, que conocía sus inclinaciones y su disposición.

(Continuará)


1 comentario:

  1. Qué historias de vida! Inmaculadas!

    Gracias amiga, por compartirlas...

    Besos celestes de costas azules...

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