domingo, 6 de noviembre de 2011

Y las puertas se abrieron...

Por mucho tiempo, así como tu guardarás dentro de ti
la felicidad de estar atada, así yo guardaré dentro de mi 
la felicidad de haberte atado.

Pier Paolo Pasolini, en “Orgía” 

Cada salida es la entrada a algún sitio

Tom Stoppard



Las penas del Purgatorio no son eternas, y ya atisbo las puertas del paraíso abiertas para acogerme. He cedido mi libertad para encontrar la libertad bestial de mi ser feliz.

Escribir este pequeño blog me ha ayudado a expresarme y conocerme mejor. Ha sido menos de un mes pero de mucha intensidad. Incertidumbres, penas, ilusiones, a veces dolor, fantasías, emociones, sentimientos… Ahora debo cerrar, porque ya no tiene sentido continuar con una tarea que me fue encomendada por quien no pudo aceptar la carga, y porque la sumisa vagabunda ha dejado de serlo.

Dejo el blog inconcluso, fantasías e historias a medias que tendrán que ser cerradas en el imaginario de cada uno, y una gran historia que está aún por escribirse, la historia de un viaje en compañía. No dejo algunos amigos que he encontrado por el camino, en particular quiero nombrar a RO, Gabriel, JJ, juan, javier…, que se han convertido en confidentes y de alguna manera compañeros de aventuras. También quiero agradecer las visitas y las palabras de ánimo de tod@s aquell@s que han seguido mi espacio.

Espero comenzar, junto con mi Amo ERRE, un nuevo blog para compartir las experiencias y reflexiones de nuestra travesía. No seré más maria_maria la sumisa vagabunda, pero seguiré siendo.



(Cuando esté disponible facilitaré link) 

Gracias a tod@s.








Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca 
debes rogar que el viaje sea largo, 
lleno de peripecias, lleno de experiencias… 
No has de temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes, 
ni la cólera del airado Posidón. 
Nunca tales monstruos hallarás en tu ruta 
si tu pensamiento es elevado, si una exquisita 
emoción penetra en tu alma y en tu cuerpo. 
Los lestrigones y los cíclopes 
y el feroz Posidón no podrán encontrarte 
si tú no los llevas ya dentro, en tu alma, 
si tu alma no los conjura ante ti. 

Debes rogar que el viaje sea largo, 
que sean muchos los días de verano; 
que te vean arribar con gozo, alegremente, 
a puertos que tú antes ignorabas. 
Que puedas detenerte en los mercados de Fenicia, 
y comprar unas bellas mercancías: 
madreperlas, coral, ébano, y ámbar, 
y perfumes placenteros de mil clases. 
Acude a muchas ciudades del Egipto 
para aprender, y aprender de quienes saben. 

Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca: 
llegar allí, he aquí tu destino. 
Mas no hagas con prisas tu camino; 
mejor será que dure muchos años, 
y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla, 
rico de cuanto habrás ganado en el camino. 

No has de esperar que Ítaca te enriquezca: 
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje. 
Sin ellas, jamás habrías partido; 
mas no tiene otra cosa que ofrecerte. 

Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.
Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia, 
sin duda sabrás ya qué significan las Ítacas. 



Konstantino Kavafis 

viernes, 4 de noviembre de 2011

Sor Suplicio. Parte II

Ilustración: Milo Manara


El Padre Maximino se había iniciado en el sacerdocio como sacerdote diocesano, pero posteriormente, una vez corrompida su vocación e interesado por los métodos de control psicológico de “la obra”, se incorporó a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz del Opus Dei, y fue asignado a la formación espiritual de las novicias del convento del Cristo de la Misericordia, entre otros.

Cuando conoció a Purita, quedó inmediatamente prendado de su juventud y belleza, sus delicadas formas, y principalmente, de su candor y piedad, y se entregó con deleite a la dirección espiritual de la niña, por cierto muy dispuesta al aprendizaje de su devoción con la que obtenía tantos placeres asociados. Cuando la niña cumplió 14 años, fue adiestrada convenientemente en la mortificación corporal, obligada a portar cilicio durante dos horas al día, y a dormir sobre una tabla sin almohadas ni colchones durante cinco de cada siete noches.

Semanalmente, el Padre Maximino, durante las visitas al convento, preguntaba a Purita sobre los resultados y sus sentimientos más íntimos durante sus penitencias. Purita, habituada a la autocomplacencia durante sus mortificaciones, explicaba arrebolada cómo alcanzaba el éxtasis en su entrega a su Señor Cristo de la Misericordia y cómo alcanzaba la gloria, con tal inocencia, que era imposible no conmoverse ante las explicaciones de la niña. Afortunadamente, la sotana que vestía el Pater en sus visitas al convento ocultaba convenientemente la dureza de sus erecciones a la vista de la pequeña novicia entregada a sus confesiones más íntimas con tanta unción.

Con el tiempo, el Padre Maximino dejó de conformarse con los relatos candorosos de su pupila, y adoptó la costumbre de revisar el cilicio de la niña y el daño producido en su tierna carne. Acercaba sus labios a las heridas y las besaba con suavidad, hablándole de la felicidad que producía en Cristo su entrega. Pronto introdujo, como refuerzo, sesiones de flagelación con las disciplinas en las blancas nalgas de la novicia, que ésta exhibía arremangándose los hábitos con azorado pudor a la vista y alcance de su director espiritual. Durante estas penitencias, Purita se entregaba a sus oraciones y jaculatorias bajo la estricta dirección de su Maestro, que aplicaba correcciones adicionales si se equivocaba durante los rezos, o si emitía alguna queja sobre la duración y la fuerza de la disciplina. Las nalgas pronto quedaban calientes y enrojecidas, produciendo convulsiones de placer en la postulanta que asociaba al éxtasis místico, viéndose a sí misma como una Santa Teresa entregada al gran amor de dios, tal como describía la Santa en las obras que le proporcionaba el Pater para su formación.

Durante las cenas en el refectorio o durante los paseos por el claustro con las demás Hermanas, Purita describía (sin dar detalles de los métodos empleados) sus éxtasis y sus visiones divinas, por lo que pronto, entre las Hermanas menos envidiosas, se empezó a considerar a la niña como tocada por la gracia divina y llamada a la beatitud y la santidad.

Así, entregada a estas rutinas, transcurrió el tiempo necesario para alcanzar su mayoría de edad y poder, finalmente, realizar los votos conventuales que la convertirían en Sor Suplicio y la consagraría definitivamente en el servicio a su Señor para el resto de sus días. Y todo esto, bajo la benevolencia y atenta mirada de su director espiritual, Padre Maximino, que continuaría siendo su mentor.

martes, 1 de noviembre de 2011

Sor Suplicio. Parte I

Ilustración: Milo Manara


                              “El sufrir es una gracia grande;
                              a través del sufrimiento el alma
                              se hace como la del Salvador;
                              en el sufrimiento el amor se
                              cristaliza, mientras más grande el
                              sufrimiento, más puro el amor” 

                              Santa Faustina Kowalska



Se llamaba María Purificación Álvarez Hernández, Purita para la familia y amigos, pero cuando ingreso en la orden adoptó el sobrenombre de “Sor Suplicio". No se la conoció como “Sor Suplico de la Cruz” hasta su posterior beatificación muchos años más tarde.

La infancia de Purita no fue fácil. A la edad de cinco años su padre, un empresario naviero arruinado tras una operación fallida, se quitó la vida colgándose de una viga en el dormitorio de su casa. Su madre, enloquecida y sin posibles, adoptó un luto riguroso y se entregó a la religión y a la caridad (a recibirla), al ser abandonada por los miembros de su familia política, que la hicieron responsable del oprobio. Debido a la imposibilidad de su madre de hacerse cargo, y temiendo que la locura fuera un trastorno genético, se confió la educación de la niña a las monjas del Cristo de la Misericordia, en cuyo convento fue ingresada en calidad de educanda y sirvienta.

Lejos de maldecir su destino, Purita descubrió en la servidumbre de la religión una fuente de gozos insospechados y desconocidos hasta entonces. Sus funciones se limitaban a la ayuda en el huerto y la cocina, la asistencia a los oficios, pero especialmente al estudio y oración bajo la supervisión del sacerdote oficiante, el Padre Maximino, que viendo su potencial la acogió como pupila preferente dispensándola de mayores servidumbres.

Bajo la guía del Padre Maximino, Purita se entregó con fruición, en la soledad de su celda, a las lecturas de la biblia y de la vida de los santos y mártires de la iglesia y sus padecimientos: Santa Agatha de Sicilia, que fue torturada cortándole los senos, Santa Agnés de Roma, que fue desnudada en público, arrastrada por las calles y llevada a un prostíbulo para ser desflorada antes de su ejecución (ya que el derecho romano no permitía la ejecución de las vírgenes), y sobre todo, admiraba al hermoso San Sebastián, que fue desnudado, atado a un poste, aseteado, y finalmente, una vez sanado de sus heridas, azotado hasta la muerte.


" San Sebastián", Gerrit van Honthorst (1623)


Purita, aún una niña por entonces, se trasformaba ante estas lecturas, se le aceleraba el ritmo cardíaco, alteraba la respiración, y notaba una humedad y un cosquilleo en su sexo que aún no explicaba, pero veía que manipulándolo podía alcanzar un estado que ella asoció al de “Gracia Espiritual”, a tenor de las explicaciones de las demás Hermanas sobre la felicidad y el placer de la consagración a dios. 

Así fue como desde tan temprana edad, Purita decidió entregar su vida a la religión y a la complacencia del Señor de la Misericordia, patrón del convento, alimentando sus fantasías de convertirse en una mártir moderna y aceptar todos los suplicios que le estuvieran destinados por amor a su Dueño y Señor. Se imaginaba a sí misma aceptando estoicamente la humillación pública y los castigos más terribles y excitantes que podía imaginar, siendo atada y azotada hasta alcanzar el éxtasis de la entrega absoluta, que suponía muy superior a todos los placeres que era capaz de alcanzar ahora con sus dedos y su imaginación.

Cuando finalmente al cumplir los 18 tomó los hábitos que confirmaban su sumisión, no por azar adoptó el sobrenombre de Sor Suplicio, muy celebrado particularmente por el Padre Maximino, que conocía sus inclinaciones y su disposición.

(Continuará)