martes, 11 de octubre de 2011

Supe...

Supe que era sumisa a los 12 años, cuando todavía tenía cuerpo de niña y no me había salido ni vello púbico. En realidad no lo supe hasta muchos años más tarde, pero ahora soy capaz de distinguir exactamente el momento en que sentí la revelación de mi condición de sumisa.


El colegio era de monjas. Era el primer año que estaba en el pabellón de las mayores, un ala en una casona antigua, de techos altísimos y olor a humedad. Vestíamos uniforme de tablas grises con peto y camisa de botones, de manga larga, a la antigua, un infierno en el clima subtropical de la isla. Un colegio donde los hombres tenían vetada la entrada, estando restringido el personal a unas pocas “madres” y “hermanas” con estudios y cara de vinagre, probablemente porque su estancia en la universidad no las pudo salvar de su destino monjil, y alguna profesora a punto de jubilarse, solteras y viudas con necesidades de subsistencia que malgastaban su vida tratando de enseñar humanidades o literatura al puñado de niñas de papá que entonces éramos. Las maestras más jóvenes se destinaban a las niñas más pequeñas, en el edificio nuevo, y apenas teníamos contacto con ellas.


La excepción a este mundo femenino y rancio se hacía llamar Monsieur Deschamps (léase “Mesié”, como le decíamos coloquialmente), y era francés. Debía tener alrededor de 40 años, pero desde nuestra niñez nos parecía, además de guapo, viejísimo. Lo recuerdo como un señor elegante, enjuto, de nariz aguileña y rasgos proporcionados, vistiendo siempre de forma elegante, traje y corbata, pulcro, nada que ver con las ropas modestas y raídas de sus colegas femeninas. Naturalmente daba las clases de lengua francesa. La cuchara: la cuillé, la casa: la maisón…


Tener un profesor hombre era toda una novedad, y más lo fue descubrir que no había renunciado a ciertas prácticas que ya se consideraban erradicadas de nuestro sistema educativo (situémonos a finales de los años 70s). Por ejemplo exigía el tratamiento de “mesié” y “usted”, y el que lo recibiéramos en clase de pié, en respetuoso silencio, sin insolencias ni estridencias. Tampoco había abandonado los castigos físicos, más bien se complacía y prodigaba en ellos. Al principio poniendo a alguna compañera de pié al fondo de la clase, pero a las dos o tres semanas del inicio de curso nos sorprendió colocando a una alumna, más díscola, de rodillas cara a la pared, las manos atrás, la cabeza baja y con una moneda entre la frente y el muro, con la instrucción expresa de que la moneda no debía caerse. Así estuvo mi compañera durante las dos horas que duró la clase y la tutoría, llorando en silencio. Pero comprendí inmediatamente que yo quería ser esa pobre chica, que debía ser yo la arrodillada a petición de Monsieur Duchamps, que yo tenía que ser la elegida. También supe que yo no lloraría. Recuerdo perfectamente la calidez y humedad que sentí en la entrepierna aunque no la supe interpretar entonces, creo que es el recuerdo temprano más nítido que tengo de la excitación, del deseo sin significado en mi cuerpo infantil.


Desde aquel momento, aún siendo de costumbre una alumna aplicada y obediente, me dediqué fervientemente a merecer la atención de Monsieur Duchams y, por extensión, su castigo. Adivino que para volver a sentir lo que sentí en aquella primera ocasión. No sé si “Mesié” se percató de mis intenciones, pero no pasaron muchos días hasta que fui a mi turno suavemente arrodillada con mi uniforme escolar, puestas las manos a la espalda, obligada a agachar la cabeza para sujetar la moneda cara a la pared. Y comencé a sentir la tibieza de un líquido que me empapaba las braguitas y bajaba por mis muslos, tan abundante que en mi ingenuidad pensé que se me había escapado el pipí.


Ahora supongo (aunque nunca se me hubiera pasado por la cabeza entonces, ni sabía lo que era) que el cabrón del “Mesié” se masturbaba por la noche pensando en las colegialas de uniforme que ponía de rodillas, imaginando “la suite”. Ahora tiene unos 70 años, y vive a dos calles de la mía. No me importaría abordarlo un día y darle las gracias, aunque ninguno de los dos sepa bien por qué.

1 comentario:

  1. Creo que lo mío vino aún de más pequeña.
    Tampoco sabía qué era, nunca tuvo nombre.

    Hoy no sólo sé de qué va, si no que tiene rostro y nombre propio.

    Un verdadero placer leer una historia como ésta. No muchos lo abordan así.

    Te sigo...

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